Cada persona que se va, cada edificio antiguo que se destruye o se pierde, nos hace más huérfanos, nos empobrece
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Abuela y abuelo de Víctor
Abuela de Miguel
Abuela y abuelo de Alejandro
El señor Jesús y la señora Manuela, abuelos de Victor, contestan a las preguntas que le hacen los niños y niñas de 2º,3º y 4º de la escuela de Robliza. Se llaman Manuela y Jesús y tienen 84 y 82 años de edad, respectivamente.
De pequeños nos gustaba jugar como a vosotros. Jugábamos a juegos que ahora no tenéis. Nos divertíamos con cualquier cosa. "Al cole fui poco -dice el abuelo- pues de 8 años ya guardaba ovejas". La abuela nos cuenta que ella estuvo en la escuela hasta los 14 años y que por entonces niños y niñas estaban separados. Iban caminando y el edificio era la escuela de hoy, pero no estaba dividida en dos aulas, como ahora. No tenían estuche ni cuadernos ni libros.  Había una pizarra pequeña para cada uno y en ella escribían con el pizarrín. Las muchachas llevaban lumbre en una lata de sardinas para calentarse los pies o se calentaban con el brasero de la maestra. No tenían tarea para casa y a la salida, sus padres los mandaban a por agua a la fuente con un cántaro porque entonces no tenían ni water ni agua corriente. No veían dibujos animados porque no había tele, sólo los títeres que iban por la calle, a veces con una cabra.
 
Las casas no eran como las de ahora.  La primera casa donde vivieron todavía existe. Tenía cocina, dormitorio y portal.  Nosotros teníamos un burro y entraba por la misma puerta que las personas; pero como estaba muy bien enseñado, en cuanto entraba en el portal, él sólo tiraba a la derecha donde estaba "su habitación"-nos cuenta la señora Manuela-. El señor Jesús, por su parte, recuerda que: "Una noche hubo un airón y se cayó la chimenea encima de la poca lumbre que había en casa de mis padres, menos mal que uno se dio cuenta de que se caía porque casi ni nos dio tiempo a retirarnos." Lo que más le gustaba al señor Jesús era la fiesta y lo que menos, claro, tener que trabajar: "Es lo que hacíamos aunque no nos gustara", afirma, resignado, y cuando les preguntamos si eran famosos, insiste, riendo: "¡Sí, en trabajar!".
 A Manuela le gustaba el ganchillo y, en cambio, no le gustaba nada fregar.  Como les encantaba la fiesta, se iban andando a las de los pueblos de los alrededores, a Aldehuela y a Matilla, y lo pasaban muy bien. A Manuela siempre le ha gustado mucho bailar y lo hacían al son de una pianola. Se lo pasaban bien con cualquier cosa. Jesús toca la dulzaina y el tamboril, pero su instrumento favorito es la zambomba, y él mismo, con esas manos privilegiadas que tiene, se ha fabricado varias. Les preguntamos "¿Ligabais?" y se ríen en vez de contestar, aunque Manuela termina reconociendo que "alguno se acercaba".
Cuando se casaron, tuvieron dos hijos y una hija buenos y muy guapos, con los que se llevan muy bien.
 Llevan casados 54 años. Nunca tuvieron carros ni otro medio de transporte que el burro y una bicicleta. Un día, Jesús llevaba montada a Manuela en el sillín de la bicicleta y la Guardia Civil les puso una multa. Manuela cuenta: "Después de pagar la multa, les pregunté: ¿Puedo volver a subirme? y me dijeron que sí, así que volví subida al sillín". Nunca han tenido otro medio de transporte que no sea el burro "¡y gracias!" y, aunque alguna vez han montado en coche, ninguno ha tenido nunca carnet de conducir "¡El de las piernas!" dice el señor Jesús riéndose y nos cuenta lo mal que lo pasó una Nochebuena en que se perdió y llegó a caminar más de 40 kilómetros. Fue en Nochebuena, cuando él era un muchacho de 9 o 10 años y estaba de pastor en el Tejadillo. Le mandaron a Robliza andando, a una hora en la que casi se estaba poniendo el sol. Cruzó el cordel ( la cañada) que viene de Portugal y mientras duró la luz no tuvo problemas, pero llegó a la carretera ya oscurecido y tiró al lado contrario, llegando a Aldehuela de la Bóveda. Al reconocer dónde estaba se echó a llorar y se puso en camino otra vez. Ya en casa, no escontró a los padres y se fue al pajar donde estaban los pastores, variadores y garraperos, que le preguntaron quién era cuando tocó a la puerta para que le abrieran. Su padre se extrañó de verlo a esas horas y él contó que se había perdido. Cenó un poco de tocino y pan que había en el cajón de la mesa y, a la mañana siguiente, ¡de vuelta a Tejadillo!. A veces íbamos hasta descalzos. La cocina de entonces era poco variada. Se comía lo mismo todos los días y algunos domingos mataban una gallina o un pollo. A la señora Manuela no le gusta especialmente la cocina, porque considera que guisar de verdad requiere tiempo. Pero al señor Jesús sí que le ha gustado y aún conserva la sartén colgada en la pared; solía cocinar en pucheros y aún se ríe al acordarse de la sorpresa que se llevó la primera vez que vio cómo ponían en la lumbre un puchero con agujeros, sin que se saliese el caldo, hasta que vio que el puchero del cocido estaba dentro de este otro agujereado. Le gustó tanto que le compró uno igual a su madre; su madre cayó en la misma trampa y le dijo: "¿Pero cómo traes eso? ¿No ves que ahí no se puede cocinar?" y el señor Jesús la sacó de su error enseñándole el segundo puchero que había dentro. 
                Manuela no dice nunca palabrotas pero nos cuenta que el abuelo Jesús dice unas cuantas. Él lo reconoce, "aunque muchas menos que de joven". La abuela Manuela va a misa y Jesús también: "cuando me cuadra". Ella nunca aprendió a nadar; Jesús sí, aunque nunca se tiró del trampolín porque cuando él era joven no había ni piscina. 
  Jesús Rivas 
          No tuvieron otro ganado que el burro y como mascota, perros; en concreto. La señora Manuela nos cuenta que los toros le daban mucho miedo y nunca se acercaba a ellos; una vez uno pilló al abuelo y le dieron 19 puntos en la nalga. 
          Haciendo un balance del pasado, ninguno de los dos desearía haber vivido otra cosa. "De joven era feliz como estábamos. Quería tener casa y lo logré y a mi marido lo quería.", afirma la señora Manuela mientras el señor Jesús asiente. Ninguno de los dos se arrepiente de nada, porque han vivido y actuado con buena voluntad siempre. ¡¡No hay más que verles!! De salud están bien, en eso son ricos, en otras cosas no; la lotería no les ha tocado nunca, pero este año se llevaron la cesta de Navidad.
          Se levantan al cantar el gallo. "Se lo pasan muy divertido", como dicen los entrevistadores: La señora Manuela con sus partiditas de cartas y haciendo labores de punto y ganchillo, de las cuales nos ha traído una preciosísima muestra, en la que se cuenta un peinador bordado a punto de cruz y rematado con una laboriosísima labor de vainica. Y el señor Jesús se entretiene con lo que más le gusta: con los achiperres de madera (raíz de fresno, entre otras) y de cuero (sí, porque este artista también repuja) de los cuales ha traído una abundante colección a la escuela para que aprendamos cómo era el arado, el trillo, el yugo, el guante para escardar y segar, el mortero, la honda (con la que accidentalmente un día mató a un perro), una petaca... y tantos y tantos aperos y herramientas del mundo rural que ya  han desaparecido.
          Está especialmente orgulloso -y no es para menos- de una habilidad muy especial: la de tallar bolas de madera en el interior de variados habitáculos. Para el futuro, si tuvieran una varita mágica, lo único que pedirían es que la gente mala que hay en el mundo se hiciese buena. Todo esto nos han contado nuestros queridísimos abuelos; y lo han acompañado de fotos curiosísimas que han traído para mostrarnos, en las que vemos lo guapísimos que eran y siguen siendo. En una, la señora Manuela incluso parece toda una actriz de cine. El señor Jesús ha hecho de todo,incluso de zapatero ¡¡ahora entendemos cómo se le da tan bien el repujado!! Durante la guerra estuvo destinado en Barcelona en el grupo de antigás  Ha sido picador en numerosas tientas. 
                 Por su parte, Beatriz, Enrique, Óscar, Alejandro, Javier, Miguel, Rebeca y Víctor (el nieto de ellos) junto con Raquel y Elena, han escaneado las fotos antiguas que han traído y les han enseñado cómo funciona una cámara digital, sacando por la impresora la foto que todos juntos nos hemos hecho al finalizar este interesante intercambio de conocimientos.
Gracias abuela Manuela, gracias abuelo Jesús, que vivais muchos años con salud.
¡ adiós !
Me llamo Angelines Sánchez. Nací en Robliza, pero viví muchos años en la finca de Terradillos.
Ahora tengo 65 años. Tomé la comunión con siete. El traje era azul celeste y por entonces costó mil pesetas, toda una ruina para la familia.
Ese año, tomamos la comunión 13 niñas y 2 niños. La tradición era ir por las casas y te daban una perra chica o 10 céntimos. El médico me dió una peseta que era una fortuna para una niña de entonces.
El banquete se hacía en casa, (sin tanto como ahora) y era costumbre comer floretes, con azúcar o miel, aunque yo no tengo ese recuerdo de mi primera comunión.
De siempre me ha gustado mucho bordar, nos cuenta la señora Angelines. Antes hacíamos  la ropa en casa: sábanas, mantelerías, enaguas, bolsas para los peines...
El punto de cruz se me daba muy bien, tanto es así que más que cosida parecía  tela pintada.
Estos son mis padres. Antiguamente el traje de boda de las novias era negro. De este color se casaban la mayor parte de la gente en Salamanca.
    Los niños y niñas de la escuela de Robliza dan las gracias a la abuela de Miguel por contestar a todas sus preguntas y contarles cosas de su niñez y juventud. Por su parte, ellos y ellas le han mostrado a Angelines  cómo funciona internet y ha visto fotos de otros abuel@s que ya han pasado por la escuela y de cuya visita queda constancia en nuestra página web.

¡ adiós !

      Yo soy de Muñoz. me llamo teresa y tengo 60 años. Ya era gordita al nacer y el color verde de los ojos lo conservo aún.

      Mis maestras fueron Victorina y Cándida. Mi estuche era una cajita y escribía en una pizarra que se borraba. Con la misma enciclopedia estudiamos los 8 hermanos.

      La nuestra costó 12 pesetas y aún dura, añade el Sr. Ramón. 

      Yo fui poco a la escuela, me gustaba más la libertad del campo. Mi padre era carbonero y un día casi se mata al caer de una encina. Fui a la escuela mientras se curaba y en un mes me aprendí el catecismo para hacer la primera comunión. Fue el año que estalló la guerra...
      Tengo 75 cumplidos. Mi padre llevó a mi madre en burra para que naciera en matilla de los Caños. El edificio de mi escuela aún existe, lo usa la Tercera Edad. Recuerdo que de una de sus paredes colgaba un cartel de la Pasionaria sujetando una bandera roja y a su lado un león rompiendo unas cadenas. A veces, la maestra nos daba un caramelo y yo lo llevaba a casa para repartirlo.
      El patio de mi casa era un chozo, cuenta el abuelo. No había water y la ropa era parecida a la de ahora. Se usaba mucho la pana que era dura y casi siempre llevábamos la misma, también para dormir. 
      De pequeño no aprendí a nadar porque mi madre no me dejaba ni asomarme al río.

      La Sra. Teresa sí sabía nadar, como todos los chicos y chicas de Muñoz aprendió en el río.
      Por entonces no había tele, ni radio, tampoco se jugaba al fútbol pero sí a la pelota, a la peonza, a las mecas, a las tabas  y a saltar. Hacíamos perrerías, éramos traviesos como vosotros, aunque no tanto.
      Yo jugaba con muñecas de trapo. Las hacíamos nosotras mismas, en eso éramos artistas, lo mismo que los jerseis y la ropa. Yo he hecho los jerseis de toda mi familia y aún sigo haciendo preciosidades para los nietos.

    -  ¿ Ligábais ?  pregunta una niña
    -  Explícanos qué es eso de ligar,hija,  pregunta a su vez el abuelo, pero como lo más seguro es que ella tampoco lo sepa, se pasa a  otra pregunta que los abuelos contestan diciéndonos que nunca tuvieron carroza como la de Cenicienta o los Reyes, pero sí un carro - que no era poco en aquel tiempo- y ya de casados una ossa, en avión no montaron nunca, pero en coche de linea sí y en tren que paraba en La Aldehuela.
      Tele tampoco tenían. A la luz de un candil de carburo, el señor Ramón leía el Quijote, el Conde de Montecristo y las poesías de Gabriel y Galán.
Si yo volviera a empezar, escribiría todo lo que pudiera, por lo demás no me arrepiento de nada. Siempre me ha gustado trabajar y aún me gusta, añade el abuelo
      Jugando a la calva con vuestros abuelos me divierto mucho. También me entretengo mucho con la piedra y mis poesías. Paso muchas horas con los tiestos, cientos de flores recojo en la temporada.
¡ adiós !

                                             ¡ VOLVER Todo Sobre Mi Pueblo!